Crónicas: “Paisaje” / Nota

A partir de “Paisaje” de Maite Salz y Georgina Forconesi

Por Paula Cantero · Fotografía Ignacio García Lizziero

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Una sala oscura del Sabato, tres columnas y un piano en la esquina. Cinco personas en escena, el proyector que refleja una imagen algo torcida en la pared. “Lo lindo de mi canto lo pone el cerro”, anuncia una voz de viejo conocido, sangre de nuestra identidad.
Pensar en la palabra paisaje es visualizar muchas otras voces: panorama, vista, horizonte, entorno, espacio. ¿Por qué no cuerpo? El cuerpo es parte del paisaje y es un paisaje en sí mismo. En escena hay cuatro cuerpos que lentamente comenzarán a improvisar, a experimentar, a expresar; acompaña la acción una melodía que invita a moverse.
Paisaje es todo lo que nos rodea, aunque el diccionario y nuestra falta de imaginación traten de acortarlo a unas pocas definiciones. Basta con levantar la mirada y observar nuestro alrededor, cuando paseamos bajo el libre cielo o cuando nos encerramos, cuando nos levantamos y cuando caemos rendidos, cuando no cabemos en el colectivo, cuando esperamos en la fila del supermercado, cuando nos detenemos ante una idea o pensamiento, cuando hacemos el amor, cuando bailamos, cuando respiramos. Hay paisajes que se repiten a diario y no reconocemos porque, contagiados por un tic-tac acelerado, no nos detenemos a observar. Así, no reconocemos que esos ojos que nos enamoraron esta mañana al cruzar la calle ya los hemos visto antes. Que son parte de nuestro rutinario paisaje y que a la vez son otros nuevos. Porque la enunciación es distinta y yo puedo ser ese otro sin darme cuenta. Benveniste nos habla de enunciado y enunciación. La diferencia es la misma que la que existe entre la lengua y el discurso, el lenguaje y la comunicación, la figura y el fondo. Porque cambia el paisaje cambia el contexto de ese enunciado. Pero el paisaje involucra también a quien mira, a quien observa ese espacio. Yo puedo ser el paisaje también. Más alejado de la pragmática y más cerca de la emoción está el espectador, que es paisaje y que es también esa mujer que se detiene en su espalda encorvada a leer una noticia; y es también aquel hombre que se apoya preocupado en un farol polvoriento; y es la pareja que intenta besarse en vano en una esquina y es aquel que tropieza y se mimetiza con el asfalto y la observadora de pájaros y –por qué no– los perros que se revuelcan en la dureza citadina; y es también la melodía del piano que inventa, que juega a equivocarse y a comenzar de nuevo. El paisaje cambia y es el mismo. La mente viaja de lo universal de las estrellas a una noche de tormenta, viaja por encima de las nubes como los aviones, prueba caer en una ladera silvestre y se queda ahí, en el bucólico final… para renacer cuando los sentidos lo permitan.
Una ciudad, cuatro faroles, cinco transeúntes, la luz del cielo cambiante y el tiempo que se detiene. El paisaje es lo que embellece. Es el espacio visible y el espacio creado, es mi mirada y es tu cuerpo. Estemos donde estemos.

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